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	<title>Cambio Climático &#8211; EspecialistaMike.com</title>
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		<title>Una verdad muy incómoda: Ahora o nunca</title>
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		<pubDate>Wed, 04 Oct 2017 20:07:11 +0000</pubDate>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Ha llovido mucho desde que Al Gore presentó su oscarizado documental <strong>Una verdad incómoda</strong> (An Inconvenient truth, Davis Guggenheim, 2006), una película que llevó el concepto del calentamiento global &#8211; y el cambio climático antropogénico derivado del mismo- al gran público. Once años de récords crecientes de temperatura global, de catástrofes naturales históricas (el supertifón Haiyan -más de 6.000 muertos en Filipinas- o el huracán Sandy- rebautizado como Frankenstorm cuando paralizó la ciudad de Nueva York). Años de esfuerzos y fracasos diplomáticos (Copenhagen, Doha, Lima…), que desembocaron en la cumbre por el clima de París, la COP21 de 2015, planteada como un ultimátum por los científicos climáticos: o frenamos YA las emisiones de gases de efecto invernadero que están provocando el implacable aumento de la temperatura global, o nos vamos al garete.<br />
Un año después de la cita parisina, el ex-candidato a presidir el país más poderoso de la Tierra, presenta la secuela: <strong>Una verdad muy incómoda: ahora o nunca</strong> (An inconvenient sequel: Truth to power, B.Cohen y J. Shenk), cuyo subtítulo castellano apela a la misma urgencia que la comunidad científica exigía a la COP21. De manera indudable, la primera película de Gore contribuyó a poner la crisis climática en el escaparate. Ahora no se trata de exponer la base científica de problema del calentamiento global, sino de mostrar los avatares de la cruzada comunicativa y diplomática de nuestro héroe en favor de las energías renovables, una de las claves para minimizar el impacto de la crisis. La secuela casi se puede percibir como un <em>thriller</em>, que culmina en el magno -e histórico- escenario de la conferencia de París.<br />
Una verdad muy incómoda está perfectamente ejecutada, con la efectividad, claridad expositiva y capacidad de enganche de una película <em>mainstream</em>. Vista desde la perspectiva de <em>thiller</em>, cuenta con el indiscutible dominio escénico del protagonista, un Al Gore dotado de una poderosa presencia física y de una modulación vocal propia de un mayúsculo héroe americano. El problema es que un heróe de tal envergadura requería un <em>villano</em> de la misma talla. La película de Gore presenta al primer ministro de la India, Narendra Modi, como simbólico adversario, por ser el último ejemplo de la resistencia a la transformación energética verde en la COP21. Eso sí, un malvado con motivos, como en todo buen<em> thriller</em>. El caso de la India sirve para poner sobre la mesa la reivindicación de la justicia climática, un concepto de múltiples derivadas como la responsabilidad histórica del cambio climático. El término nunca se nombra en la película, pero el concepto sí se verbaliza en boca de la ejecutiva de la ONU Christiana Figueras.<br />
Es cierto que el despliegue energético de los países en vías de desarrollo es uno de los grandes desafíos del problema climático, ergo Modi es un buen representante del obstáculo. Pero hay muchos otros villanos, en la sombra o actuando a la luz pública, amparados por las mismas administraciones que se han limpiado el trasero con los papeles de Kyoto y posteriores acuerdos durante todos estos años que han precedido la firma de los compromisos de París. Y es una pena, porque hay un momento, en la fase inicial de película, en el que parece que la cosa va a apuntar por ahí: Gore declara, literalmente, que “la democracia está hackeada”, refiriéndose a que está intervenida por poderes económicos que juegan en contra de la voluntad de hacer políticas ecológicas. El ex vicepresidente dispara desde la posición de privilegio que ocupa en el sistema, pero se trata de una bala de fogueo, puesto que durante el resto del metraje no concreta esta acusación, la más grave que puede hacerse a un esquema político en el que, se supone, el pueblo gobierna para el beneficio del pueblo (la mayoría).<br />
Esa indefinición para acusar a los verdaderos enemigos contrasta con el grado de especificidad que utiliza Gore al señalar a la India como máximo responsable de poner en jaque el acuerdo sobre el clima de Paris. Recordad: estamos ante un <em>thriller</em> comercial. Para las sutilezas es mejor el cine<em> indie</em>. Probad con <strong>Esto lo cambia todo</strong> (This changes everything, Avi Lewis, 2016), la adaptación fílmica del totémico libro del mismo título, escrito por la activista Naomi Klein. Klein ha analizado el capitalismo del siglo XXI en dos manifiestos esenciales de nuestro tiempo, como son No Logo (1999) y La Doctrina del Shock (2007). En su última obra (subtitulada El capitalismo vs. El clima), la autora canadiense desmenuza la íntima relación entre nuestro sistema económico y su impacto climático. El consumo desenfrenado y el modelo energético extractivista determinan nuestra relación violenta e irrespetuosa con la naturaleza, mientras que la ciencia ya nos está dando herramientas de sobra para aprovechar la generosidad de la Tierra.<br />
El acierto del libro de Klein es mostrar una radiografía de amplio espectro de un modelo basado en la avaricia, en la búsqueda del máximo beneficio al margen de cualquier consideración moral, y que lo mismo destruye el medio natural que socava los derechos de las personas para acrecentar el abismo que separa a unos pocos ricos, cada vez más ricos, de una inmensa mayoría de pobres, cada vez más pobres. Gore pregoniza sobre la necesidad de la transición energética para luchar contra el cambio climático, aunque el enfoque es más de cambio de negocio que de cambio de sistema. Cierto que es mejor eso que nada, pero ¿por qué renunciar a un planteamiento más revolucionario, como el de Klein, que aboga por la defenestración de los combustibles fósiles como una gran oportunidad  para conseguir un mundo más limpio a todos los niveles?<br />
Este enfoque revolucionario también diferencia en otro aspecto a <strong>Una verdad muy incómoda</strong> de la versión alternativa del documental de Lewis: Gore se presenta como el sheriff de Solo ante el peligro, como el gran negociador artífice de la resolución histórica de París (algo que ha sido puesto en tela de juicio por los propios diplomáticos de la delegación india). Pero de todos es sabido que la revolución no la hacen lobos solitarios, sino que es un acto coral que no puede llevarse a cabo sin la acción directa del pueblo organizado. En <strong>Esto lo cambia todo</strong> conoceréis movimientos globales de resistencia (Bloccadia), en los que las comunidades nativas son la primera barrera de contención, por ser las habitantes de las tierras que el capitalismo socava de manera sangrante, literal y metafóricamente hablando. Activistas de primera línea contra los gigantes de la explotación extractivista. Héroes y, sobre todo, heroínas, pues también la revolución climática será feminista o no será.<br />
Al final de su película, Gore hace un llamamiento a la movilización, apelando al cambio climático como una cuestión moral, como lo es la lucha por los derechos de las minorías étnicas o de los homosexuales. Pero olvida acentuar la indisoluble cuestión ideológica, aquella que lleva a las barricadas a los activistas, para impedir explotaciones mineras en Canadá, en China, o en Grecia, o para evitar la construcción de oleoductos en Estados Unidos. La misma implicación ideológica que llevó a la tumba a Berta Cáceres, la ambientalista asesinada en Honduras.<br />
Una verdad muy incómoda sugiere una tercera parte, que cerraría una particular Trilogía del Clima, y a la vez señala quién ha de ser el supervillano con carga ideológica que Gore necesita: el presidente Donald Trump. Este paleto y hortera multimillonario ha entrado en la Casa Blanca como un burro en una cacharrería, con sus tesis de negacionista del cambio climático, abogando por la industria del petróleo y del fracking, cercenando presupuestos dedicados a la investigación del clima y retirando a los Estados Unidos de los compromisos de París. Trump es el epítome de la catástrofe, el máximo estandarte de muchos otros ignorantes o vendidos al puerco dinero, como nuestro Mariano Rajoy, que alardeaba hace años de tener un primo físico negacionista como consejero en materias climáticas ,y se ha dedicado a estrangular el impulso de las renovables en España. En España, el país del sol.<br />
Trump y sus correligionarios del neoliberalismo extremo no van propiciar una corriente de capitalismo sostenible, un sistema económico que proponga una relación más armónica con el planeta y los seres humanos. ¿Es posible una solución tecnológica al margen de la cuestión ideológica? Yo lo dudo, porque la avaricia hará todo lo posible por explotar hasta la última gota de combustibles fósiles enterrada bajo nuestros pies, propiciando una escalada térmica de consecuencias inconmensurables. ¿Seremos capaces de librarnos de las tesis imperantes de un sistema salvaje y descontrolado, impulsado por un egoísmo cruel? Solo peleando con uñas y dientes contra esa avaricia, la misma puta avaricia sistémica que conecta la crisis climática con la crisis immobiliaria / bancaria (<strong>The Inside Job</strong>, Charles Ferguson, 2010), y que representa lo más bajo de la condición humana en su versión moderna.<br />
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		<title>The day the Earth caught fire: una ficción incómoda</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Maxrebo]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 22 Feb 2011 07:39:13 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Cambio Climático]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Que el planeta Tierra lleva la fecha de caducidad grabada a fuego en su palpitante núcleo es un dato bien sabido. Que acabará de mala manera, también. Cuando el sol agote el hidrógeno y alcance la fase de estrella gigante roja, sus capas exteriores se expandirán engullendo todo lo que encuentren en su camino, cosa que incluye nuestro insignificante mundo y todo lo que contenga. Eso sucederá dentro de algunos millones de años (unos 5000, más o menos) así que podemos estar tranquilos&#8230;o no. Porque otro hecho contrastado es que los humanos venimos haciendo oposiciones constantes para adelantar la fecha del Día del Juicio Final, o por lo menos para que cuando llegue ese momento el planeta sea ya un auténtico erial, un cuerpo celeste que flote a la deriva en el espacio, vacío de vida pensante.<br />
Con un poco de suerte mis bondadosos ojos no contemplarán ese momento. Sin embargo, el reverso tenebroso y <em>voyeur</em> que habita en mi interior anhela el privilegio de asitir a tan supremo acontecimiento. Para permitirme el lujo de ser espectador del Apocalipsis debo recurrir al bendito y nunca bien ponderado cine de catástrofes. Sólo necesito refugiarme cómodamente en mi butaca y disfrutar del reconfortante calor del hogar, enfundado en mi batín de seda y calzando mis pantuflas favoritas, acaso saboreando un buen caldo escocés. Bastarán una pantalla de 50 pulgadas, un reproductor de DVD ( mi VHS expiró hace un mes, alas ! ) y una copia de algún clásico cataclísmico, como <strong>The Day the Earth caught Fire </strong>(<strong>Val Guest</strong>, 1961), la soberbia<em> disaster movie </em>que nos ocupa hoy.<br />
<span id="more-438"></span><br />
&nbsp;<br />
Se trata de una obra concebida a partir del pavor atómico, rodada en pleno auge de la Guerra Fría, poco antes de la crisis de los misiles en Cuba. Después de Hiroshima y Nagasaki, y especialmente durante los años 50, el pánico a lo nuclear tuvo reflejo en un sinnúmero de producciones cinematográficas (Estados Unidos y Japón se llevan la palma) circunscritas al género de la ciencia ficción, la mayor parte de ellas focalizadas en la variante de las mutaciones: hombres, mujeres, hormigas o tarántulas gigantes aterrorizaron al mundo en películas de desigual categoría, pero entrañables en cualquier caso. Sirva como ejemplo la excelente <strong>La Humanidad en Peligro </strong>(<strong>Them !</strong>,<strong> Gordon Douglas</strong>, 1954). Pero la británica <strong>The Day the Earth caught Fire</strong> no pertenece a la manida familia de las denominadas <em>monster movies&#8230; </em><br />
Su singularidad estriba en que los efectos de la experimentación atómica repercuten ¡ en el clima del planeta !. La película arranca con las espeluznantes imágenes (viradas a rojo) del centro de Londres en estado de abandono en el que destaca el cauce seco del Támesis. Por unos altavoces se anuncia que faltan 20 minutos para una misteriosa cuenta atrás. En tan dantesco escenario aparecerá, como un fantasma, <strong>Bill Maguire </strong>(<strong>Leo McKern</strong>), redactor del Daily Express, que narrará los hechos acaecidos durante las últimas semanas, en un <em>flashback</em> de intensidad creciente, que arranca con el frenético ritmo de los diálogos iniciales en la redación del periódico y combina con mesura el progresivo fatalismo de los acontecimientos y el romance del alcohólico periodista con <strong>Jeannie </strong>(<strong>Janet Munro</strong>), la secretaria confidente de la Oficina Meteorológica (el <strong><em>Met Office</em></strong>, para los amigos). <br />
&nbsp;<br />
<strong>Val Guest</strong>, inolvidable autor de otra obra mítica de la sci-fi británica,<strong> El Experimento Quatermass </strong>(<strong> The Quatermass Xperiment</strong>, 1955), filma en glorioso blanco y negro y en un superlativo <em>Cinemascope</em> este manifiesto pre-apocalíptico y anti-armamentístico (que no anti-nuclear) que nunca llegó a verse en nuestro país (de igual manera hay que acudir al Dvd de importación), aunque corra por ahí el título traducido <strong>El día en que la tierra se incendió</strong>. En esta película leemos, seguramente, el primer titular de un periódico (ficticio) referido al cambio climático, igual que escuchamos los discursos humeantes de los políticos negacionistas, que argumentan que las variaciones del clima han existido siempre, con el fin de ocultar a la población que los ensayos militares de las superpotencias están detrás de los drásticos episodios recientes.<br />
Así pues, 40 años antes de la <em>verdad incómoda </em>de <strong>Al Gore </strong>(<strong>An Inconvenient Truth</strong>, <strong>D.Guggenheim</strong>, 2006) y de su hermana mayor tonta, <strong>El Día de Mañana </strong>(<strong>The Day After Tomorrow</strong>, <strong>R. Emmerich</strong>, 2004 ), en los cines ya se profetizaba un futuro plagado de episodios climáticos y meteorológicos extremos (sequías, inundaciones, aumento de las temperaturas&#8230;), acompañados de otros dislates geológicos o astronómicos, todos ellos debidos a la acción perniciosa del hombre. Pero aquellos eran otros tiempos: la política de bloques terminó con la <em>Glásnost</em> y las subsiguientes revoluciones de 1989. Desde entonces la amenaza nuclear se ha diluido en la conciencia colectiva, desplazada por el terror fundamentalista . <strong>Val Guest </strong>erró al presagiar una catástrofe climática como consecuencia del armamento. Y sin embargo, el cambio climático antropogénico sí se ha convertido en una amenaza real.<br />
&nbsp;<br />
Desgraciadamente, mientras que eliminar el armamento nuclear <em>sólo</em> requiere voluntad, para controlar los gases de efecto invernadero y mitigar el calentamiento global se necesita mucho más. Hace falta una reforma transversal, una Revolución mayúscula: una revolución científica, capaz de desarrollar nuevos recursos y mejorar la eficiencia. Una revolución social y económica, que ponga límites al desenfreno del ultracapitalismo y la sociedad de consumo. Y una nueva revolución política, una <em>perestroika</em> energética que se traduzca en la aplicación urgente de programas sostenibles. Pero para eso se necesitan líderes comprometidos y no polichinelas a sueldo del mercado, funestos filibusteros, cortoplacistas y avaros que se limpian sus hediondos traseros con los papeles del Protocolo de Kyoto. Sólo así tendremos futuro. En caso contrario, no quedarán ni los lagartos.<br />
&nbsp;</p>
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