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	<title>Tenderness &#8211; EspecialistaMike.com</title>
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	<description>Cine, Series, Frikadas</description>
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	<title>Tenderness &#8211; EspecialistaMike.com</title>
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		<title>Tenderness: cantos de sirena desafinados</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Maxrebo]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 18 Nov 2009 23:05:12 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Críticas]]></category>
		<category><![CDATA[Russell Crowe]]></category>
		<category><![CDATA[Tenderness]]></category>
		<category><![CDATA[Thriller]]></category>
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					<description><![CDATA[En el m&#243;rbido seno del thriller, el subg&#233;nero de psic&#243;patas ha dado al cine un buen n&#250;mero de piezas referenciales desde sus etapas tempranas. M, el vampiro de D&#252;sseldorf (M &#8211; Eine Stadt sucht einen M&#246;rder, Fritz Lang, 1931) fue la primera obra maestra del tema que nos ocupa. El clasicismo dej&#243; perlas del calibre de El fot&#243;grafo del p&#225;nico (Peeping Tom, Michael Powell, 1960) o Psicosis (Psycho, Alfred Hitchcock, 1960). Pero es en el periodo contempor&#225;neo cuando la figura del psychokiller ha gozado de m&#225;s atenciones, como muestran pel&#237;culas convertidas ya en cl&#225;sicos de su &#233;poca:&#160; El silencio de los corderos (The silence of the lambs, 1991), de Jonathan Demme, Seven (Seven, 1995) o Zodiac (Zodiac, 2007), ambas de David Fincher. Incluso existen opciones menos obvias, pero igual de brillantes, como la coreana The Chaser (Chugyeogja, 2008),&#160; de Hong-jin Na, uno de los thrillers m&#225;s desasosegadores de los &#250;ltimos tiempos. Perdonad tantas referencias, pero es que cuando uno sale del tendido viendo una pel&#237;cula que fracasa no puede evitar pensar en las que han triunfado en plazas semejantes. Tenderness (Tenderness, John Polson, 2008) apela al aire fatalista (que no al estilo) de las propuestas de Fincher y pretende sobresalir gracias a su particular enfoque. No lo consigue. Tenderness arranca con dos historias paralelas: la de Lorelei (Sophie Traub), una adolescente que sufre un s&#243;rdido entorno laboral y un no menos problem&#225;tico, aunque sumergido, entorno familiar, y la del Detective Cristofuoro (Russell Crowe),&#160; un polic&#237;a semirretirado y a cargo de una esposa que permanece en un hospital en estado vegetativo. El nexo de uni&#243;n entre los dos personajes ser&#225; Eric Komenko (Jon Foster), un joven parricida que sale libre del correcional al cumplir los 18 a&#241;os. Cristofuoro le vigila, porque le cree culpable del asesinato de otra joven, adem&#225;s del de sus padres. Est&#225; convencido de que su condici&#243;n de perturbado le har&#225; matar de nuevo. Por contra, Lori siente una extra&#241;a fascinaci&#243;n por &#233;l, desde que a&#241;os atr&#225;s lo encontrara por casualidad en la vera de un r&#237;o. La chica har&#225; lo posible por conocerlo&#8230; &#160; Bajo la batuta del australiano Polson, la pel&#237;cula discurre dentro de los par&#225;metros de la pura correcci&#243;n narrativa, pero resulta tan pulcra en su factura como inane, capaz de mostrar ciertos atisbos (muy pocos) de elegancia, pero incapaz de sostener la tensi&#243;n en los momentos presuntamente clim&#225;ticos y de emocionar en los momentos potencialmente emotivos, por m&#225;s que la partitura de Jonathan Goldsmith intente darle algo de enjundia a esas escenas decisivas que no destacan por si solas. A falta de brillantez en la realizaci&#243;n, el peso recae sobre la escritura. El gui&#243;n de Emil Stern, basado en la novela El s&#237;ndrome de la ternura, de Robert Cormier,&#160; pretende dar una vuelta de tuerca a los mecanismos convencionales del g&#233;nero: la persecuci&#243;n policial no se basa en la tradicional secuencia de investigaci&#243;n/ b&#250;squeda de pistas/ encuentro de pruebas/acci&#243;n a contrarreloj. La l&#237;nea argumental del Teniente Cristofuoro queda relegada casi de inmediato a un segundo plano, con lo que significa renunciar a la presencia de un tipo del peso de Crowe: de acuerdo, el gladiador expresa la pena m&#225;s honda mediante un leve aleteo de nariz, pero gusten m&#225;s o menos sus p&#233;treas interpretaciones, es innegable su fuerza en pantalla. Se hace dif&#237;cil entender porqu&#233; un actor de su cotizaci&#243;n acepta un papel tan poco relevante. Probablemente por compadreo con el director paisano. Al olvidarse de las evoluciones del Teniente trist&#243;n, se desequilibra la balanza entre perseguidor y perseguido. El t&#225;ndem Polson&#8211;Stern apuesta entonces por la pseudo road movie que protagonizan el probable asesino y su v&#237;ctima potencial,&#160; Komenko y Lorelei, para profundizar en los sentimientos de ambos y explorar fallidamente la dicotom&#237;a placer/dolor que se plantea desde las frases iniciales del film, recitadas en off por Cristofuoro.&#160; Es una apuesta condenada al fracaso, dado lo poco cre&#237;ble del punto de partida. La estructura argumental se levanta sobre unos cimientos harto inveros&#237;miles: &#191;qu&#233; tipo de muchacha, por conflictiva que sea su vida, se lanza a los brazos de un gach&#243; que asesin&#243; a sus padres&#8230; y seguramente a algunas jovencitas m&#225;s?. La leyenda dice que a las chicas les gustan los tipos malos pero&#8230; &#191;un psic&#243;pata ?. At&#243;nito, recurro a una buena y juiciosa amiga: me comenta que nada de mito, que m&#225;s de un reo condenado por asesinato ha recibido cartas de amor de sus fans mientras estaba en la c&#225;rcel, y que del trullo al altar hay un paso. Me lo jura, pero aun as&#237;&#8230; &#191;un psic&#243;pata?. En realidad, Eric Komenko es el McGuffin: Lorelei es el verdadero n&#250;cleo de la pel&#237;cula. Incluso el nombre del personaje no es gratuito: seg&#250;n el folklore alem&#225;n, Lorelei era una joven doncella que se suicid&#243; lanz&#225;ndose al Rin por despecho, convierti&#233;ndose en una sirena que atra&#237;a con sus c&#225;nticos a los infortunados navegantes que pasaban cerca. Un origen po&#233;tico que ser&#225; reciclado en parte en el tramo final de la pel&#237;cula, con resultados insuficientes. Desde los primeros compases del film sabemos que es su sino el de sufrir, que es de espinas su camino (la cojo prestada, Urrutia). Pese a que al principio Lori parezca una tardoadolescente descerebrada, se trata de un personaje complejo (buena interpretaci&#243;n de la Traub, a la que vimos en La int&#233;rprete, de Sydney Pollack, 2005). Pero por mucho que se intente justificar su comportamiento en base a los traumas causados por sus relaciones con los dem&#225;s, principalmente con su inminente padrastro, es imposible empatizar con ella. Por no decir que el espectador llega a desear que el bueno de Komenko la despache lo m&#225;s r&#225;pidamente posible&#8230; En cuanto al psychokiller, &#191;c&#243;mo empatizar con un parricida, violador,&#160; necr&#243;filo y encima, pelirrojo?. Hannibal Lecter nos sedujo, pero era otra cosa. Resumiendo, estamos ante un film de detective sin misterio que resolver, sin suspense ni acci&#243;n policial. Sin intensidad. Un thriller dram&#225;tico y psicol&#243;gico, que intenta arrojar algo de luz sobre las oscuras razones que empujan a matar a un psic&#243;pata y las que llevan a una mujer v&#237;ctima (en el m&#225;s amplio sentido de la palabra) a entregarse incondicionalmente a un asesino, pero que no consigue intrigarnos ni aterrorizarnos con el primero ni implicarnos y emocionarnos con la segunda. Una propuesta blanda en su desarrollo, que queda en tierra de nadie, o peor a&#250;n, que aterriza en los anodinos arrabales del telefilme, a pesar de su vocaci&#243;n diferencial y de su ambiguo y macabro giro final. Si la rubita sirena busca el amor o la muerte poco nos importa, porque por el camino nos hemos hecho inmunes a sus cantos desafinados.&#160;]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>En el m&oacute;rbido seno del <em>thriller</em>, el subg&eacute;nero de psic&oacute;patas ha dado al cine un buen n&uacute;mero de piezas referenciales desde sus etapas tempranas. <strong>M, el vampiro de D&uuml;sseldorf</strong> (<strong>M &#8211; Eine Stadt sucht einen M&ouml;rder</strong>, <strong>Fritz Lang</strong>, 1931) fue la primera obra maestra del tema que nos ocupa. El clasicismo dej&oacute; perlas del calibre de <strong>El fot&oacute;grafo del p&aacute;nico</strong> (<strong>Peeping Tom</strong>, <strong>Michael Powell</strong>, 1960) o <strong>Psicosis</strong> (<strong>Psycho</strong>, <strong>Alfred Hitchcock</strong>, 1960). Pero es en el periodo contempor&aacute;neo cuando la figura del <em>psychokiller</em> ha gozado de m&aacute;s atenciones, como muestran pel&iacute;culas convertidas ya en cl&aacute;sicos de su &eacute;poca:&nbsp; <strong>El silencio de los corderos </strong>(<strong>The silence of the lambs</strong>, 1991), de <strong>Jonathan Demme</strong>, <strong>Seven</strong> (<strong>Seven</strong>, 1995) o <strong>Zodiac</strong> (<strong>Zodiac</strong>, 2007), ambas de <strong>David Fincher</strong>. Incluso existen opciones menos obvias, pero igual de brillantes, como la coreana <strong>The Chaser</strong> (<strong>Chugyeogja</strong>, 2008),&nbsp; de <strong>Hong-jin Na</strong>, uno de los <em>thrillers</em> m&aacute;s desasosegadores de los &uacute;ltimos tiempos. Perdonad tantas referencias, pero es que cuando uno sale del tendido viendo una pel&iacute;cula que fracasa no puede evitar pensar en las que han triunfado en plazas semejantes.<strong> Tenderness </strong>(<strong>Tenderness</strong>, <strong>John Polson</strong>, 2008) apela al aire fatalista (que no al estilo) de las propuestas de <strong>Fincher</strong> y pretende sobresalir gracias a su particular enfoque. No lo consigue.</p>
<p><strong>Tenderness</strong> arranca con dos historias paralelas: la de <strong>Lorelei </strong>(<strong>Sophie Traub</strong>), una adolescente que sufre un s&oacute;rdido entorno laboral y un no menos problem&aacute;tico, aunque sumergido, entorno familiar, y la del <strong>Detective Cristofuoro</strong> (<strong>Russell Crowe</strong>),&nbsp; un polic&iacute;a semirretirado y a cargo de una esposa que permanece en un hospital en estado vegetativo. El nexo de uni&oacute;n entre los dos personajes ser&aacute; <strong>Eric Komenko</strong> (<strong>Jon Foster</strong>), un joven parricida que sale libre del correcional al cumplir los 18 a&ntilde;os. <strong>Cristofuoro</strong> le vigila, porque le cree culpable del asesinato de otra joven, adem&aacute;s del de sus padres. Est&aacute; convencido de que su condici&oacute;n de perturbado le har&aacute; matar de nuevo. Por contra, <em><strong>Lori </strong></em>siente una extra&ntilde;a fascinaci&oacute;n por &eacute;l, desde que a&ntilde;os atr&aacute;s lo encontrara por casualidad en la vera de un r&iacute;o. La chica har&aacute; lo posible por conocerlo&#8230;<br /><span id="more-256"></span></p>
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<p>Bajo la batuta del australiano <strong>Polson</strong>, la pel&iacute;cula discurre dentro de los par&aacute;metros de la pura correcci&oacute;n narrativa, pero resulta tan pulcra en su factura como inane, capaz de mostrar ciertos atisbos (muy pocos) de elegancia, pero incapaz de sostener la tensi&oacute;n en los momentos presuntamente clim&aacute;ticos y de emocionar en los momentos potencialmente emotivos, por m&aacute;s que la partitura de <strong>Jonathan Goldsmith</strong> intente darle algo de enjundia a esas escenas decisivas que no destacan por si solas. A falta de brillantez en la realizaci&oacute;n, el peso recae sobre la escritura. El gui&oacute;n de <strong>Emil Stern</strong>, basado en la novela <em><strong>El s&iacute;ndrome de la ternura</strong></em>, de <strong>Robert Cormier,&nbsp;</strong> pretende dar una vuelta de tuerca a los mecanismos convencionales del g&eacute;nero: la persecuci&oacute;n policial no se basa en la tradicional secuencia de investigaci&oacute;n/ b&uacute;squeda de pistas/ encuentro de pruebas/acci&oacute;n a contrarreloj. La l&iacute;nea argumental del <strong>Teniente Cristofuoro</strong> queda relegada casi de inmediato a un segundo plano, con lo que significa renunciar a la presencia de un tipo del peso de <strong>Crowe</strong>: de acuerdo, el gladiador expresa la pena m&aacute;s honda mediante un leve aleteo de nariz, pero gusten m&aacute;s o menos sus p&eacute;treas interpretaciones, es innegable su fuerza en pantalla. Se hace dif&iacute;cil entender porqu&eacute; un actor de su cotizaci&oacute;n acepta un papel tan poco relevante. Probablemente por compadreo con el director paisano.</p>
<p>Al olvidarse de las evoluciones del <em>Teniente trist&oacute;n</em>, se desequilibra la balanza entre perseguidor y perseguido. El t&aacute;ndem <strong>Polson</strong>&#8211;<strong>Stern</strong> apuesta entonces por la pseudo <em>road movie </em>que protagonizan el probable asesino y su v&iacute;ctima potencial,&nbsp; <strong>Komenko </strong>y <strong>Lorelei</strong>, para profundizar en los sentimientos de ambos y explorar fallidamente la dicotom&iacute;a placer/dolor que se plantea desde las frases iniciales del film, recitadas en off por <strong>Cristofuoro</strong>.&nbsp; Es una apuesta condenada al fracaso, dado lo poco cre&iacute;ble del punto de partida. La estructura argumental se levanta sobre unos cimientos harto inveros&iacute;miles: &iquest;qu&eacute; tipo de muchacha, por conflictiva que sea su vida, se lanza a los brazos de un gach&oacute; que asesin&oacute; a sus padres&#8230; y seguramente a algunas jovencitas m&aacute;s?. La leyenda dice que a las chicas les gustan los tipos malos pero&#8230; &iquest;un psic&oacute;pata ?. At&oacute;nito, recurro a una buena y juiciosa amiga: me comenta que nada de mito, que m&aacute;s de un reo condenado por asesinato ha recibido cartas de amor de sus fans mientras estaba en la c&aacute;rcel, y que del trullo al altar hay un paso. Me lo jura, pero aun as&iacute;&#8230; &iquest;un psic&oacute;pata?.</p>
<p>En realidad, <strong>Eric Komenko</strong> es el <em>McGuffin</em>: <strong>Lorelei</strong> es el verdadero n&uacute;cleo de la pel&iacute;cula. Incluso el nombre del personaje no es gratuito: seg&uacute;n el folklore alem&aacute;n, <strong>Lorelei</strong> era una joven doncella que se suicid&oacute; lanz&aacute;ndose al Rin por despecho, convierti&eacute;ndose en una sirena que atra&iacute;a con sus c&aacute;nticos a los infortunados navegantes que pasaban cerca. Un origen po&eacute;tico que ser&aacute; reciclado en parte en el tramo final de la pel&iacute;cula, con resultados insuficientes. Desde los primeros compases del film sabemos que <em>es su sino el de sufrir</em>, que <em>es de espinas su camino</em> (la cojo prestada, <strong>Urrutia</strong>). Pese a que al principio <strong>Lori</strong> parezca una tardoadolescente descerebrada, se trata de un personaje complejo (buena interpretaci&oacute;n de la <strong>Traub</strong>, a la que vimos en <strong>La int&eacute;rprete</strong>, de <strong>Sydney Pollack</strong>, 2005). Pero por mucho que se intente justificar su comportamiento en base a los traumas causados por sus relaciones con los dem&aacute;s, principalmente con su inminente padrastro, es imposible empatizar con ella. Por no decir que el espectador llega a desear que el bueno de <strong>Komenko </strong>la despache lo m&aacute;s r&aacute;pidamente posible&#8230; En cuanto al <em>psychokiller</em>, &iquest;c&oacute;mo empatizar con un parricida, violador,&nbsp; necr&oacute;filo y encima, pelirrojo?. <strong>Hannibal Lecter</strong> nos sedujo, pero era otra cosa.</p>
<p>Resumiendo, estamos ante un film de detective sin misterio que resolver, sin suspense ni acci&oacute;n policial. Sin intensidad. Un thriller dram&aacute;tico y psicol&oacute;gico, que intenta arrojar algo de luz sobre las oscuras razones que empujan a matar a un psic&oacute;pata y las que llevan a una mujer v&iacute;ctima (en el m&aacute;s amplio sentido de la palabra) a entregarse incondicionalmente a un asesino, pero que no consigue intrigarnos ni aterrorizarnos con el primero ni implicarnos y emocionarnos con la segunda. Una propuesta blanda en su desarrollo, que queda en tierra de nadie, o peor a&uacute;n, que aterriza en los anodinos arrabales del telefilme, a pesar de su vocaci&oacute;n diferencial y de su ambiguo y macabro giro final. Si la rubita sirena busca el amor o la muerte poco nos importa, porque por el camino nos hemos hecho inmunes a sus cantos desafinados.&nbsp; </p>
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