Una marcianada surcoreana a lo grande
HOPE es una auténtica locura surcoreana que empieza como una película de monstruos y termina convirtiéndose en un festival de destrucción, persecuciones imposibles y situaciones tan absurdas que uno no sabe si está viendo una película de ciencia ficción o si alguien ha decidido llevar al cine la partida más delirante de su vida.
De hecho, especialmente durante el primer tercio, la película podría pasar perfectamente por un videojuego. La presentación de los personajes, la investigación de la amenaza y la manera en que se van sucediendo los acontecimientos recuerdan a una aventura de acción en la que empiezas explorando un pequeño pueblo y acabas desbloqueando enemigos cada vez más peligrosos. Solo falta que aparezca en pantalla el típico mensaje de «Nueva misión desbloqueada». Una sensación que se refuerza con el diseño de las criaturas y la progresiva escalada de los acontecimientos.

Humor absurdo y espectáculo sin límites
Porque si algo tiene HOPE es una capacidad descomunal para llevarlo todo al extremo. Las escenas de acción son grandilocuentes, gigantescas y técnicamente apabullantes, con ese humor absurdo tan propio del cine surcoreano que consigue que, entre el caos y la tensión, te preguntes qué demonios estás viendo. Los personajes reaccionan ante situaciones demenciales con una mezcla de dramatismo, violencia y decisiones cuestionables que forman parte del peculiar encanto de la propuesta.
El despliegue técnico es una auténtica barbaridad. La película consigue crear un universo cada vez más desquiciado y llevar sus enfrentamientos a una escala monumental. Entre las criaturas, los escenarios y las secuencias de acción, hay momentos en los que parece que Na Hong-jin haya recibido un presupuesto ilimitado y la orden expresa de gastárselo absolutamente todo.
Fassbender y Vikander, en versión digital
También resulta curiosa la presencia de Michael Fassbender y Alicia Vikander, que aparecen transformados digitalmente para interpretar a sus personajes alienígenas. Una apuesta que encaja con el tono de la película, aunque el CGI canta bastante en algunos momentos y provoca que sus apariciones tengan cierto aspecto de cinemática de videojuego. No es algo que arruine la experiencia, pero sí que llama la atención en una producción que apuesta tan fuerte por el espectáculo visual.

Cuando la partida se hace demasiado larga
El problema es que tanta espectacularidad termina jugando en su contra. La primera persecución por el pueblo es impresionante, pero después llegan el bosque y la autopista, y la película insiste tanto en estirar sus secuencias de acción que lo que inicialmente te deja con la boca abierta termina haciéndose largo y algo repetitivo. Hay momentos en los que parece que llevas media hora intentando superar la misma fase, con enemigos cada vez más grandes y explosiones cada vez más aparatosas.
Y es una pena, porque detrás de semejante despliegue hay un universo que despierta bastante curiosidad. Entre tanto monstruo, carrera y destrozo, uno acaba teniendo más ganas de conocer el lore de estas criaturas y descubrir qué está pasando realmente que de contemplar otra persecución kilométrica. ¡Queremos información, queremos contexto y queremos saber qué demonios está pasando! Aunque, visto lo visto, seguramente nos lo explicarían durante una pelea de cuarenta minutos contra un bicho del tamaño de un edificio.
Un espectáculo al que le sobran unos cuantos minutos
En definitiva, HOPE es una pasada técnica, una marcianada monumental y una experiencia de esas que solo el cine surcoreano parece capaz de servir con semejante desvergüenza. Una locura visual que mezcla ciencia ficción, humor absurdo y acción desatada, con una primera parte que parece sacada directamente de un videojuego y un espectáculo que, pese a sus excesos, resulta difícil de ignorar.
Eso sí, le habría venido bien recortar algunas secuencias para evitar que tanta espectacularidad terminase jugando en su contra. Porque sí, queremos monstruos gigantes, alienígenas digitales y situaciones absurdas a niveles estratosféricos, pero tampoco hace falta que cada persecución sea el jefe final de nuestra paciencia.